Creo que todos podemos coincidir con esta sentencia: pintar no es cosa fácil. Y pintar bien, menos aún.
En esta época en la el mundo del arte se inclina por el llamado arte contemporáneo – entendido como género y no como período histórico –, con sus exploraciones estéticas y sus arriesgadas posturas intelectuales; la pintura pareciera haber sido marginada. Imaginémonos un personaje cuarentón, recién divorciado, en una fiesta de veinteañeros, ha asistido con entusiasmo y un poco de reticencia, ya que no termina por entender las expresiones de la nueva generación.
‘¿Qué es todo esto de amontonar sillas y decir que es una escultura? ¿Por qué dibujan como niños de primaria? ¿Cómo es que destruir un muro puede ser arte?’ Pareciera preguntarse nuestro personaje.
Ciertamente, las construcciones simbólicas han evolucionado mucho en el último siglo, y todo esto también ha sido consecuencia de las ideas que andan circulando desde entonces. Evidentemente, los creadores jóvenes – de éste y todos los tiempos – regularmente no se dan cuenta de ello; así sea por seguir una moda, un autor de una liga del Facebook, o bien, porque simple y sencillamente se adaptan a los medios tecnológicos de su época; son quienes se ocupan de mantener dichas posturas ideológicas vigentes.
Nuestro personaje cuarentón se estará preguntando también: ‘¿cómo es que ahora todos los jóvenes toman fotos y muy pocos se preocupan por pintar? ¿Es que acaso las nuevas generaciones son más perezosas?’
Encontrarnos con las obras de Eric Pérez es como encontrarnos en un oasis. No me malinterpreten, no desdeño las piezas de los creadores emergentes, soy un entusiasta del arte contemporáneo e incluso también produzco. Lo que sucede, es que entre tanto artista en ciernes, no es fácil encontrar lo que este capitalino trajo a Drexel en esta ocasión.
En las galerías o museos podemos ver un sinfín de imágenes que nos divierten, otras nos hacen pensar e incluso algunas nos pueden hacer sentir algo de emoción. Sin embargo, ante pocas piezas podemos sentir una especie de sorpresa mezclada con un poco de temor, pinturas ante las que después de un rato nos percatamos de que tenemos las cejas levantadas y los ojos muy abiertos, y si, después de un rato somos conscientes que estamos fascinados por las pinceladas de Eric Pérez; por un manejo de la luz que va más allá de lo fotográfico; y por saber superar – ya desde hace algún tiempo – la belleza dentro de los paisajes.
Tal y como se mencionaba al inicio de este texto, no es fácil pintar bien, y yendo más allá: no es fácil pintar bien y además poder sobrecoger a tu audiencia.
Para aquellos que continuemos en búsqueda de la belleza, sabemos que tenemos que quitarnos el sobrero ante los otros que han podido ir más allá y han encontrado poder representar lo sublime. Mientras tanto, no nos queda más que esperar volver a toparnos con alguna pintura de Eric, o bien, pedirle a Drexel que lo vuelva a traer pronto.
Alfonso Guevara.





